Cuando nadie me ve – Sara Carbonero

7 marzo 2018

Viajes y miedos

“Nadie conoce a nadie,
muchos no entienden de lo que saben.

O afilan un puñal en cada pedestal.
¿Dónde están los que ayudan?
¿Quién es el feo, el bueno y el malo?

¿Cuál de los doce es Judas?
¿Quién duerme al otro lado?

Amaia Montero, Nacidos para creer

De repente el avión se quedó en silencio. Cuando eso ocurre y no es de noche y la gente duerme, normalmente es porque ha pasado algo que ha hecho a los pasajeros enmudecer. No sé calcular así, ahora mismo cuántos viajes en avión he podido hacer a lo largo de mi vida pero son bastantes y no recuerdo ninguno tan angustiante. Lo normal para un vuelo Porto-Madrid es tardar unos 50 minutos o una hora. Bueno pues llevábamos casi dos horas en el aire y ni siquiera estábamos cerca del aeropuerto de destino. Hubo incluso un señor, que de muy malas maneras, le dijo a la auxiliar de vuelo: “Oiga señorita, pero ¿esto es un avión o un autobús?” Como si la pobre tuviera la culpa de la tardanza o de los movimientos cada vez más bruscos de lado a lado del aparato.

El silencio sepulcral solo se veía  interrumpido de vez en cuando por los “¡Aaaaayyyyyyy!” cada vez que el avión bajaba y volvía a subir de forma violenta. Como si de una escena de película se tratase, mi vaso de café se fue deslizando por la bandeja de un extremo a otro hasta que acabó por caerse al suelo. No pude hacer nada para impedirlo porque por entonces ya estaba con la cabeza dentro de una bolsa intentando relajarme y no vomitar.

Mi acompañante, muy sabia ella, se había tomado un cuarto de Lexatin, como cada vez que va a volar, así que estaba en otro estado de nervios, mucho menor que el mío.

Miraba por la ventana con la esperanza de ver algo, cualquier cosa, una nube, el cielo, las alas del avión, la ciudad a lo lejos… pero estábamos en medio de una niebla cerrada y todo era blanco a nuestro alrededor.

El avión era muy pequeñito, como casi todos los que cubren la ruta Porto-Madrid, de estos en los que no puedes ponerte de pie porque te das con la cabeza en el techo y en los que, por otro lado, te sientes muy alta.

La señal de “prohibido desabrocharse el cinturón y levantarse por estar atravesando zona de turbulencias” llevaba encendida todo el vuelo y no tenía pinta de apagarse.

Los nervios de los pasajeros iban en aumento y yo no quitaba mi vista de la cara de la asistente en vuelo. Una vez una amiga, muy avispada, me dijo que cuando algo empieza a ir mal en un vuelo, el mejor baremo para medir el grado de peligrosidad o de paranoia es su semblante. Ellos suelen saber si la situación es normal. La chica que estaba cerca de mí no tenía cara de estar preocupada, más bien un poco molesta por tener que aguantar algún que otro comentario impertinente como el que os contaba hace un rato. Yo, no contenta con ver su cara, sin levantarme del asiento le pregunté: “Perdone, ¿va todo bien?”. En realidad no sé para qué hice esa pregunta. Si ella pensase que algo no iba bien, probablemente no me lo diría para no alarmarme. También podía ocurrir que ella no supiera realmente lo que estaba pasando, por qué tardábamos tanto en llegar, o, el porqué de los movimientos descontrolados.

El caso es que me respondió, muy amable: “Todo bien, es que hace mucho aire en Madrid y además hemos volado con el viento de frente por la ruta más larga. En un ratito aterrizaremos.”

No me convenció mucho la respuesta, pero me quedé algo más tranquila.

Efectivamente el momento de aterrizar se estaba acercando, el piloto había avisado de la aproximación y aunque el avión continuaba dando bandazos parecía que el final del agitado viaje estaba cerca. Pero cuando estábamos descendiendo de pronto volvimos a subir muy rápido. Y de nuevo el “¡Aaaaayyyy!”

El piloto nos avisó de que no habíamos podido terminar la maniobra de aterrizaje debido a la proximidad con otro avión con el que no guardábamos la distancia mínima de seguridad. Algo así debió decir porque en ese momento ni yo ni bastantes pasajeros escuchábamos nada…

Llevábamos más del doble del tiempo que debía haber durado el vuelo y más allá del retraso y del contratiempo que supone no llegar a la hora prevista, la situación estaba volviéndose cada vez más agobiante.

Se escuchó de pronto: “En 10 minutos aterrizaremos, disculpen las molestias”.

Al decir eso el piloto no debió pensar que como pasara un solo minuto más de los diez, íbamos a entrar en una fase crítica y así fue.

Pasaron 10, 15, 20 y 25 minutos durante los que se me pasaron por la cabeza un montón de cosas.

Llegué a pensar que el avión realmente tenía algún problema o avería y que no querían decirnos nada por no sembrar el pánico, pensé que en cualquier momento nos podíamos estrellar, que en casos así era una suerte estar incomunicado para no poder mandar mensajes a nuestros seres queridos poniéndoles el cuerpo del revés. Aunque por otro lado, si ya no les iba a ver más, me gustaría decirles algo. Pensé en que ese no era el vuelo que en principio iba a coger, que lo cambie a última hora para no madrugar tanto. ¿Quién me mandaría…? Intenté tranquilizarme recordando aquello de que “el avión es el medio de transporte más seguro del mundo”. Pensé en mi familia, en mis hijos y tuve miedo, mucho miedo. Un miedo irracional que antes de ser madre no conocía pero que en los últimos años me acompaña a menudo.

También tuve tiempo de darle una vuelta a eso. ¿Sería entonces que ahora valoro más mi vida que cuando ellos no habían nacido? ¿Es que antes de ser madre era una inconsciente? Más bien creo que la maternidad viene con un montón de cosas maravillosas y con un buen puñado de miedos e inseguridades, como por ejemplo el miedo a no estar y que tus hijos te necesiten, a no verles crecer, a perderte algo de sus vidas. Me entraron sudores fríos y una sensación de claustrofobia tremenda.

Juré que si aterrizábamos sanos y salvos, el viaje de vuelta a Porto el día siguiente lo haría en coche. Que no me volvería a subir a un avión en un tiempo. Y recé. Me atrevería a decir que en esos momentos el noventa por ciento de los pasajeros del avión también lo hizo. Aunque no creyeran en nada, daba igual.

Una nueva aproximación fallida y varias quejas y amenazas de levantarse del pasajero maleducado después, aterrizamos.

Cuando bajé del avión me dieron ganas de besar el suelo como hace el Papa.

En el aeropuerto me esperaba Mario, nuestro conductor de confianza. Creo que nunca me había dado tanta alegría verle.

Mario es una de esas personas que sabe siempre lo que necesitas oír o no oír. Tiene ese don. Hace poco me decía, y no le faltaba razón, que lo más importante del trabajo de todo buen conductor no es tanto conducir bien, eso puede hacerlo cualquiera, sino la discreción y el saber lo que necesita cada cliente en cada momento. En ese momento yo solo necesitaba un poco de chocolate y lo tenía.

Estuvimos hablando de todo un poco. Por supuesto, de mi vuelo.

Ya decía yo que te estabas retrasando mucho, el caso es que llevaba tiempo viendo al avión dar vueltas por el cielo sin aterrizar -me dijo sin darle mucha importancia-. Claro que con este tiempo, ya sabes. Parece que no va a parar de llover en las próximas dos semanas.

También charlamos un poco sobre sus trabajos anteriores. Me contó que hace unos años estuvo trabajando en Alemania, en una empresa de comunicaciones.

Cada mañana, cuando llegaba al parking que tenían los trabajadores, se daba cuenta de que los coches que llegaban primero iban aparcando en las plazas situadas más lejos de la entrada. Le sorprendió porque lo normal sería lo contrario, que aquellos que llegan primero ocupen las mejores plazas. Esta situación se repetía cada día, semana tras semana. Un buen día preguntó a un compañero el porqué de esa costumbre y éste le respondió: “Lo hacemos así para que cuando lleguen los compañeros más perezosos que vienen con la hora justa no tengan que caminar mucho hasta la entrada y así no lleguen tarde a trabajar. Es un acto de compañerismo. Lo normal, vamos ¿En España no es así?”.

Llegamos a mi destino, unos estudios situados en el centro de Madrid donde algo muy chulo me esperaba. Enseguida podré contaros. Es un proyecto que me ilusiona mucho, sobre todo por la confianza que han depositado en mí.

Unas cuantas horas (muchas) después, con la noche ya bien entrada, Mario me recogió para llevarme a cenar a casa de mi amiga Isabel.

Como ya os he dicho en alguna ocasión, en los últimos años cuando voy a Madrid, me gusta volver en el mismo día a casa. Cuando por horario o por compromisos no lo consigo, intento acoplarme a casa de algún amigo a cenar, ya que la nevera de nuestra casa está tiritando. Así también aprovecho ese ratito para ponerme al día de un montón de cosas.
Pedimos cena a un restaurante asiático y hablamos sin parar durante dos horas: de la tele, de Slowlove, de viajes, de la vida y de mi vuelo, claro.

Mientras charlábamos,  zapeamos un poco con el mando hasta llegar a un canal donde hablaban de la desaparición de Gabriel. Ya habían pasado 24 horas desde que a ese precioso niño de eterna sonrisa  “se lo había tragado la tierra”.

Sus padres, destrozados, hablaban ante las cámaras para hacer un llamamiento y pedir ayuda para encontrarlo. Ellos estaban prácticamente convencidos de que alguien se había llevado al pequeño a la fuerza, aunque no tenían la certeza. Todas las vías de investigación estaban abiertas. Una imagen que no me he podido quitar de la cabeza hasta el día de hoy.

Me fui a casa y ya en la cama volvieron los miedos. El caso de Gabriel me recordó a otros en los que finalmente se descubrió que los niños habían sido víctimas de secuestros. No quiere decir que este sea el caso porque repito que todavía están abiertas todas las posibilidades. Ojalá esta vez acabe bien, ojalá sea solo una pesadilla. Seguro que lo es y Gabriel regresa pronto a casa. Tiene que ser así porque los niños solo merecen ser felices.

¿Cómo puede existir en el mundo gente tan desalmada que es capaz de hacer algo malo a un niño o de llevárselo contra su voluntad? ¿Qué clase de sociedad es esta en la que todo vale? Ya es increíble que los mayores nos sigamos matando entre nosotros en los tiempos que corren, pero, ¿los niños? Los niños no tienen culpa de nada. ¿Qué tipo de monstruo se atreve a poner la mano encima a algo tan puro e indefenso como un niño? Es algo que escapa a toda lógica, no se puede explicar ni entender, no hay respuesta y por eso precisamente da tanto miedo.

Un miedo aún mucho mayor a que me pase algo a mí. Miedo a que les pase algo a ellos.  A no controlar todas las situaciones y no poder evitar su sufrimiento.

Me costó mucho conciliar el sueño. Al día siguiente después de una reunión de Slowlove volví a Porto. En avión y con un vuelo fantástico, tranquilo y rápido. Es el lado bueno de los miedos, que como vienen se van. Aunque casi nunca lo hacen del todo. No me puedo creer que exista una sola persona en el mundo que no tenga miedos, otra cosa es que no lo diga. No todos los miedos se superan, no tenemos por qué hacerlo. Se trata de aprender a vivir con ellos. Que aparezcan lo menos posible y, cuando lo hagan, contraatacar pensando en las cosas tan maravillosas que tiene la vida. Merece la pena vivirla plenamente intentando que las zonas de turbulencias nunca sean mayores que las de la calma.

Aprendamos a bailar bajo la lluvia.

¡Un beso enorme!

Llevo cazadora y chubasquero de Mango.

 

“No heredamos la tierra de nuestros padres sino que la tomamos prestada de nuestros hijos”


73 ComentariosEnviado por: Sara Carbonero

Post Anterior Siguiente Post